De piratas, corsarios, bucaneros y otros filibusteros

Cada vez que voy a Panamá me traigo lo que puedo de lo publicado por autores panameños. Así me traje, hace ya algún tiempo, una de las más recientes obras, en ese momento, de Juan David MorHonorbgan Entre el honor y la espada, la inédita historia del legendario Henri Morgan, su tocayo. Y me quedé con las ganas. Aquel conflicto que europeos y parte del Oriente Medio se libraban desde siglos con pretextos diversos se extendió hacia América con la conquista de ésta por España la Católica.

Así, investigando, descubrí que la mayoría de las historias de piratas encuentran su inspiración en una obra del siglo XVII escrita por un francés, pirata profesional si cabe, Alexandre Olivier Exquemelin, originario de la ciudad de Honfleur en el Atlántico, frente a Le Havre, en la desembocadura del río Sena.

La obra de Alexandre Olivier Exquemelin (alias Oexmelin), fue publicada en Amsterdam, por primera vez, según se tiene noticia, en el año de 1678. ¿Cómo me iba a imaginar yo que, fuera de algún ejemplar oscuro y lleno de polvo de alguna biblioteca de estudios históricos, me iba a encontrar un ejemplar reciente y que sigue siendo el “Best seller” de la literatura de aventuras que fue en su tiempo, traducido en no sé cuántos idiomas?

El relato de Exquemelin cuenta las aventuras y desventuras de los piratas, corsarios y filibusteros en el Nuevo Mundo y pPhoto du 03-03-16 à 15.29arece ser el punto de partida de la obra de Juan David Morgan puesto que el abogado John Greene tiene como misión rescatar la honra de su cliente, Henri Morgan, y condenar a los editores que han publicado un libro repleto de calumnias y que atenta contra honra de su cliente. Sir Henri, corre el riesgo, en los vaivenes de la política inglesa, de ser destituído de su cargo de gobernador y despojado de su título nobiliario de “Sir” si la Corte no le da satisfacción condenando a los editores y autor del libro incriminado.

¿Pero quiénes eran estos aventureros, piratas, corsarios, filibusteros, bucaneros del Caribe? Más de una vez me tocó sonreír al ver que la política y rivalidades entre países está a la base de toda una historia en que los hombres son instrumentos del poder Real, del poder político y/o religioso.

Me encantó leer la vida de nuestro odiado pirata Morgan según Juan David Morgan que nos lo pinta con colores pasteles. Me pregunté si no serían familia por algún lado aunque al parecer Henri Morgan murió sin descendencia. Más me cautivó la obra de Exquemelin que describe las campañas por el Caribe, las vicisitudes de piratas y corsarios, el saqueo de Panamá… con todos sus detalles. Son probablemente, las calumnias denunciadas por el abogado John Greene en la obra de Juan David Morgan.

Exquemelin, vivió las aventuras desde adentro. No se las contaron. Aprendiz cirujano tuvo que salir de Inglaterra por motivos políticos y religiosos. Comprado como esclavo y llevado a las islas del Caribe a vivir entre bucaneros, filibusteros, piratas y corsarios… y me voy enterando de que cada una de esas palabras tienen orígenes y significados diferentes. Eran los juega vivo de aquel tiempo. Así, de esclavo en en Caribe, entre bucaneros, pasa a pirata en la flota de Henri Morgan y más tarde, a autor de uno de los mayores éxitos de librería desde el siglo XVII a nuestros días.

Hoy, los piratas siguen aquí. Ya ni siquiera se tienen que arriesgar a cruzar la selva a través del Istmo. LLegan el avión y como en aquel tiempo, nada ni nadie les resiste. Aquí están sus cómplices que los reciben con los brazos abiertos. Se lo entregamos todos. Nuestros ríos y montes, nuestros pueblos y gentes, como en tiempos de encomienda, lo que fue la Zona del Canal que los muchachos de mi generación pelearon y murieron por recobrar ese territorio segregado. Vidas perdidas, vidas olvidadas. Vidas que no fueron. Otros disfrutan hoy de los frutos de aquellas luchas. Seguimos colonizados, saqueados. Con nuestro consentimiento.

Círculo de la pobreza y pensamiento mágico

Un día apareció Ángela por ahí.

Estaban acostumbrados a que de pronto apareciera algún familiar venido de cualquier parte, este u oeste de la República y al que había que dar albergue de una u otra manera, sin importar que ya fueran muchos y que no hubiera dónde. Cuando se cierran las puertas, de puertas pa’ dentro todo es cama, decían. Y donde comen dos, comen tres y claro, donde comen seis, también comen doce. Dios proveerá. No se le puede negar un bocado al necesitado. ¡Lo que Dios quiera será! ¡Amanecerá y veremos!

Cuando estaban en aquel cuarto 12 de la calle 25 de El Chorrillo, hasta en el balconcito donde Cata tenía el balde de lavar dormían los que ya no cabían dentro del cuarto. Si llovía se mojaban. Promiscuidad y pobreza.

Dentro de ese cuarto murió la bisabuela. Allí pasó meses – ¿o serían años? – postrada en una cama después de su derrame. Cata la atendió hasta el final, no era su abuela, ni su madre, pero los hijos, los nietos y nietas, “no podían” o “no tenían tiempo”. Tiempos difíciles. Un hogar que no era un hogar sino una especie de albergue donde entraban y salían gentes que casi ni conocían pero que eran “de la familia”.

Un día casi hubo prosperidad con la graduación de la mayor. Primera bachiller de la familia. Un sueldo más en casa. Se mudaron a Río Abajo. Más espacio. Un cuarto para los varones y otro para las mujeres. Una sala, una cocina y el baño compartido sólo con la tía Quinti que vivía al lado.

Y llegó Ángela. ¿22 años? ¿23, quizás? Ya nadie se acuerda. Hay que sacar cuentas. Y cinco hijos.

No era la primera vez que venía a la ciudad. La primera vez fue con Lorenza, su madre, por allá como por el 55. Era una hermana de Fefa. Lorenza vino con sus tres más pequeños, el mayor era Plácido de unos diez años, Ángela, de siete u ocho y el pequeño Eusebio de tres o cuatro años. Vino desde Garachiné a intentar curarse de un bocio terrible que ya le había ocupado la gargante al punto de casi no poder alimentarse. El bocio se hizo cáncer… dejando a sus tres menores totalmente desamparados. ¿Papá? No había. Se había volado con otra para Jaqué.

A los diez o doce años, un niño por allá ya no es un niño. Tiene que aprender a sobrevivir. A la muerte de su madre, Ángela se convirtió en “la mujer de la casa”. La que tenía que buscarse la vida tanto para ella como para sus hermanos. Sobre todo el pequeño. Niños sin infancia.

En los 70 apareció por la ciudad, buscando a la familia, a las tías, con dos niños pequeños en brazos. Loren y Eder. Otros habían quedado desperdigados por allá. La familias de los padres se habían encargado. Las abuelas que lo resuelven todo…

Sin armas, sin capacitación, sin bagage, sin relaciones. Sin ninguna cultura del mundo laboral.

Llevaba muchos años a su aire. No aceptaba consejos ni recriminaciones. Cata quería educarla. Era demasiado tarde. Y un día se fue con sus dos chiquillos. Nadie podía impedirlo, era mayor de edad. ¡Pero cuánto dolió!

Meses después corrieron todos al Hospital del Niño. La Loren se moría. La Loren se murió. Niños comiendo tierra en el Curundú de entonces. Quedó el mayor.

Ángela tuvo dos niños más con otro que “la convenció”. A los 32 años un cáncer del cuello del útero se la llevó definitivamente. Uno de sus hijos mayores, de 14 años llegó desde el Darién justo a tiempo para encontrarla moribunda. No volvió a Garachiné.

Esta vez, los huérfanos tuvieron un poquito más de suerte. A la tía abuela la llamaron abuela, a la prima mamá. Cata, se hizo mamá de todos. Se añadieron cuatro a los tres hijos que le quedaban por llevar aunque fuera hasta el bachillerato.  Cata y Fefa se zurraron, pero ya ésa es otra historia, todos se zurraron para rescatar lo que podía ser rescatado. Una brecha en el círculo de la pobreza, pequeñísima brecha… Aún queda mucho por hacer.

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¿Por qué he querido hablar de Ángela hoy?

Me cuesta hablar de ella. Cuando la conocí la destesté. Pocas veces en mi vida he detestado a alguien pero a Ángela le tocó.

Para mí Ángela era una especie de monstruo, una extraterrestre, un alien sin educación. Hablaba como no acostumbrábamos a hacerlo en casa. Decía todo lo que le pasaba por la mente sin pensar si era hiriente, si ofendía y siendo apenas un par de años mayor que yo había empezado la paridera desde los 14 ó 15 años. Ningún pudor. Nada de auto estima. Era lo que había aprendido en el medio en que había crecido. El desprecio que me inspiraba era infinito.

Ángela era lo que yo no quería ser y por eso aún hoy me cuesta imaginar lo que fue su vida, la de su madre… En aquel tiempo yo juzgaba con los prejuicios de mi educación prejuiciosa. Ahora es diferente. Ángela, con ese nombre tan bonito, no tuvo suerte. Lo que me han dicho con mucho pudor y entre dientes deja entrever lo sórdido de las condiciones de vida de muchos de nuestros niños en Panamá. Eso aún no lo sé describir. Aún no puedo. La que podía contarlo mejor era Francisca pero ya hace tiempo que se fue y de ella me quedó muy poco.

Ahora que soy mayor, que tengo hijos y nietos, me he puesto a averiguar quién era Ángela y por qué era así. Ya no hay desprecio. Queda una pena infinita por esa niña que pudo ser como yo… con una madre trabajadora y exigente y un papá.  Nunca estuvimos totalmente solos de pequeños. Cuando mamá trabajaba de noche, papá venía a quedarse con nosotros y en el día cuando ambos trabajaban las vecinas Jacinta y Ruma eran como dos abuelas que no dejaban pasar nada. Sabíamos que si Ruma o Jacinta ponían una queja cuando mamá llegaba, la cosa iba en serio.

No teníamos televisión ni internet para pasar el tiempo. Jugábamos en el parque que estaba al lado. Al pie de la muralla de la Cárcel Modelo. No mucho tiempo. Yo era campeona saltando soga. A mi madre siempre le gustaron los libros y revistas. Había pocos pero leí de niña a García Márquez, Corín Tellado – ¡muy malo! -, Poe, Hemingway… lo que me cayera entre manos. Nunca faltaba un “Selecciones” en la casa. Paquines de Súper héroes y vaqueros… pocos que se leían y releían.

La casona aquélla, era como un pequeñísimo pueblo con su tribu. Parece que después las cosas cambiaron. Sobre todo después de la invasión. La casa se quemó, vino la droga, ¿o vino antes? salieron armas, aparecieron las pandillas… Todo empeoró con las malas políticas.

La historia de Ángela es la historia de su madre, es también si lo miramos bien, la historia de su tía, Josefa, la de Francisca es un misterio… Y de otras que quizás algún día pueda contar. Es un círculo que se repite de generación en generación. Algunos tienen la suerte o la fuerza para romper ese círculo un día. Con amor y responsabilidad. Y con algo de suerte. De esa suerte que uno se busca pues no cae del cielo… Con algo de ayuda y empatía. Otros se hunden en la miseria material, moral, espiritual e intelectual de generación en generación porque no tuvieron la alimentación correcta, tampoco amor y no saben cómo es ni con qué se come, porque el alcoholismo es el pan cotidiano. El peso de la miseria es demasiado grande, apenas si se sobrevive.

Cuando leí las motivaciones del proyecto de ley 61 quedé aterrada con las estadísticas. A los embarazos precoces se han añadido las enfermedades venéreas en la juventud que solo la ignorancia perpetúa. Me acordé de ellas. Me acordé de Ángela y también de la vecinita de abajo en la calle 25. La hija de Otilia.

¿Cómo se llamaba? No me acuerdo. Era un poco mayor que yo o quizás no. Pero no era una niña que jugara con nosotros. No recuerdo por qué. Hacía tiempo que no me acordaba de ella.

Un día sallió Otilia al patio, vociferando que le habían echado una brujería a su hija… Gran espectáculo. Según los gritos desesperados de la madre, la niña tenía un sapo en la barriga. ¡Brujería! ¿Quién se lo había diagnosticado? Fue el chiste del año en la casona. Unos meses después, se supo que la brujería del sapito se había transformado en un bebé bien bonito. Seguimos riendo. Sin piedad. Le tiramos la piedra a la niña y a nadie más.

Siempre sospechamos de que el autor de la “brujería” era uno de los vecinos que vivía con el hermano en el piso de arriba. El mismo que nosotros. Un Guarareño, que debía andar por los 24 ó 25 años y que acosaba a las muchachitas menores de edad. Eran fáciles de “levantar”. Hubo varias en el barrio. Borracho y mujeriego. De los machos panameños “que se respetan” pero que no respetan a nadie. Bastante me tocó soportar y esquivar su acoso entre los 15  y los 18 años. Después nos mudamos y lo perdimos de vista pero durante algún tiempo siguió llamando a casa. Eso nadie lo denuncia. ¿Para qué?

No hace tanto, una sobrinita, con unos doce años en ese entonces, se tuvo que bajar del bus asustada porque un muchacho no paraba de acosarla y decirle cosas apretándose contra ella… Le pregunté que por qué no se había quejado, que al que debían bajar del bus era a él.

– No tía, de nada sirve. ¡Lo que hacen es que se burlan!

Una niña no es capaz de pararse firme aún con adultos que puedan ayudarla alrededor. Ella prefiere no hacer escándalo y no dar la nota en público. Así es que maleducan a los varones, tienen que ser machos y para eso tienen que demostrar que se pueden “levantar a las guiales” y se creen con derecho a acosarlas e irrespetarlas.

Por eso sigo sin entender a aquéllos que se oponen a leyes que intenten inscribir en nuestro código el derecho a la educación integral incluyendo lo que hay que saber, a tiempo, sobre la sexualidad. Para darle herramientas a las niñas. El conocimiento es poder. Para educar y dar conocimiento a los varones. Que aprendan que las mujeres no son objetos, ni muñecas de plástico.

La ley en debate y tan criticada por ciertos sectores, es la esperanza de un progreso a través de la educación para las futuras generaciones. No es la ley la que lo hará. Son los programas educativos y también las medidas preventivas de salud pública que por ley el Estado debe asumir.

Pienso sobre todo en las mujeres, porque ellas son la clave del progreso social, cuando ellas rompen el círculo de la pobreza, sus hijos salen adelante, se hacen hombres y mujeres de bien. Se hacen profesionales para servir a la sociedad. Hay que empezar ya. Es tarea de largo plazo. La Patria lo necesita.

 

El agua y la vida

Agua

La Mesa de San Martin, 2014.

La vida es como el agua clara que corre entre las manos y se escapa y una vez que pasó no vuelve. ¿No vuelve? A veces sí. Si tienes la capacidad de guardar en ti el tesoro de la infancia. La dicha de haber crecido en el paraíso de la inocencia. A pesar de haber entendido lo que lleva de imaginación y que la realidad es otra, siempre queda en el fondo ese rescoldo que te hace feliz con las cosas simples y nada más. La aptitud a la felicidad se adquiere en la infancia.

Quería aprender a nadar en crol, en serio. De niña lo había intentado mirando a los que parecían hacerlo pero sin ninguna técnica. De adulta, siempre lo he querido hacer pero tengo la clara conciencia de que no sé hacerlo. Hay una técnica que aprender. La idea es estirar el cuerpo. Fortalecer músculos, sin pretender más de lo que a estas alturas se pueda hacer. Estirar. No encogerse. Para ello me matriculé en una nueva piscina cerca de mi casa. No es que sea tan nueva, pero la han agrandado, mejorado y ahora reciben públicos diversos. Antes solo recibían personas con necesidades especiales. Todos tenemos necesidades especiales.

Me presenté el lunes para la primera lección. Una horita cada día, durante una semana.

Amo el agua pero nunca he sido muy aficionada a las piscinas. Ésta tiene algo muy particular. Está a una temperatura que me hizo sentirme en el trópico y volví a la infancia…

Veracruz

Playa del Tamarindo, 1964

¿Fue la temperatura del agua? Me acordé de mí,  aprendiendo a nadar en la playa de Veracruz, en el Tamarindo. Más allá, en la parte que era de los gringos, había letreros que decían, en inglés: prohibido nadar, tiburones. Ahora, allí es que está lo que la gente conoce como la playa de Veracruz.

Ya nadie se acuerda de cómo era este lado de la playa pegada al pueblo, al final del palmar. Porque había un palmar que cubría toda la orilla de la playa, lo que ahora llaman “Costa del Sol”. Los que la conocieron ya casi todos están muertos. Los que allí vivimos nuestra infancia ahora somos abuelos y bisabuelos.

Me sorprendí contándole al maestro de natación, un chico que debe de tener la edad de mis hijos,  por qué en el manglar no me gustaba poner el pie en el fondo y cómo nadábamos entre los árboles, siempre seguros de que si nos cansábamos teníamos una rama al alcance de la mano para descansar y seguir. Nadábamos como perritos, pero éramos felices en el agua.

Allí podíamos nadar  y jugar sin peligro. Las olas del Pacífico se rompían allá afuera y entraban con suavidad entre los mangles en ondas sucesivas. En el fondo y alrededor nuestro, mucha vida. Pero como decía Fefa, ahí no entraba bicho grande y teníamos sombra. Abuela sabia. Años después, por los 80, creo, a un bruto se le ocurrió arrasar con el manglar. Para dejar la playa limpia. Eso era desarrollo. Un gran proyecto turístico debía realizarse en ese espacio de terreno. El palmar también desapareció. Era una playa hermosa de arena blanca. Ahora, por ese lado es solo piedra y… ¡mejor no sigo..! Hace unos meses, pregunté si no había un lava auto en Veracruz. Me sorprendió mucho que me dijeran “Sí, por ahí por el Palmar, hay uno”. Aún se conservan los nombres.

El martes, el maestro me preguntó si me zambullía.

¡Ay, por Dios! ¿Cómo se le ocurre! Yo llevo más de cuarenta años que ni lo intento.

Bueno, entonces, ¿puede intentar saltar al agua?

¿Como los chiquillos?

La Mesa de San Martin, 2014

La Mesa de San Martin, 2014

Sí. Así mismo. Como los chiquillos.

Hum…

Para saltar había que ir al charco del Macho. No es que fuera tan grande, pero tenía profundidad, aún en verano. Se saltaba desde la orilla… o desde la piedra. Me acordé de Darío, mi hermanito trepándose a aquella piedra que yo veía tan alta. Era la primera vez. ¿Cuántos años tendría? Ocho, quizás nueve. Escaló la piedra. Vertical. Los otros chicos del pueblo lo hacían con destreza. Nosotros sólo íbamos de vacaciones. Yo estaba aterrada… ¿Y si le pasaba algo? ¿Y si se caía? Yo era la mayor, yo era responsable. Si él tenía nueve, yo, once. ¡Vaya responsable! Cuando llegó a la cima de su roca y miró, le vi el susto en la cara. Si hubiera habido una escalera, de seguro se habría bajado por ella.  Pero no. La única manera de bajarse de allí era tirándose como los demás chiquillos. Había que asumir. Se tiró. El charco le recibió con alegría. Siempre hemos sabido asumir nuestras responsabilidades. No recuerdo que volviera a subir. Al menos, no aquel verano.

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Veracruz. Subiendo a Cabra, agosto de 1974.

Hace mucho tiempo que no he ido por ahí. La última vez que intenté una caminata para subir aquella loma no reconocí nada. Por la misma época en que destruyeron el manglar y el palmar, también destruyeron los hermosos árboles que protegían la corriente de agua. Ahora hay construcciones hasta por encima de lo que fue el cauce de la quebrada. ¿Qué queda del charco? Intentaré organizar una expedición con mis hermanos y el amigo Víctor que era nuestro guía en aquellos tiempos.

¿Saltar al agua? ¿A mis años? ¿Este pelao se querrá burlar de mí?

Pero las ganas intentarlo fueron mayores que mis escrúpulos y miedo al ridículo. Y salté. Y desde el miércoles me zambullí sin una sola quemada, penetrando nítidamente en el agua. ¡Sensación de adolescencia! Recordé la piscina del IJA… Donde no aprendí a nadar pues el profe estaba ocupado con los que sabían y eran del equipo de natación o del water polo. Con lo que sabía, ya me bastaba para no ahogarme. Vine a aprender el “pecho” hace unos 15 años, en sesiones que mi universidad organizaba para el personal.

El Doubs y afluente

El Doubs y afluente, 2016.

Hoy fue mi último día de entrenamiento “intensivo”. También es el día de la Tierra. Ninguna piscina remplazará nunca el placer de nadar en agua viva y clara. Esa agua que estamos destruyendo, contaminando. Muchos no entienden aún la riqueza que eso representa. Solo cuando ya no nos quede, como en ciertas partes del mundo, un solo río donde nadar o chapotear, un solo mar no envenenado, entonces nos daremos cuenta de que hemos matado a la gallina que daba los huevos de oro de la felicidad.

El Crol, aún no lo domino por completo, pero las bases están. ¿Pecho y espalda? Sin problema. ¡Lista para las olimpiadas! Pero sobre todo, una hora de felicidad en el agua tibia que cada día me hizo revivir recuerdos que no sabía que estaban allí con sus raíces profundas en mí. Patria son tantas cosas bellas, dice nuestro poeta. Patria es, sobre todo, los recuerdos de infancia. Demos a nuestros hijos y nietos bonitos recuerdos y serán hombres y mujeres de bien.

Censurada

El palmar. 1956? (Censurada)

Crónica de asegurado

Hace unos días me dolió el dolor de Zoraya que sólo conozco del Twitter. Hablaba de su padre, internado en el seguro y muerto por los malos cuidados de ese servicio de salud. De su papá que vio de lejos sin poder entrar a abrazarlo. Amarrado a la cama. “Ese señor es muy terco”, le dijeron. Era su papá. Hablaba, Zoraya, entre otras cosas, de algo que no se compra ni se vende: humanidad, compasión, empatía… Léanla, está en La Prensa del 11 de abril.

Días después, ayer o anteayer, ya no sé, el tiempo vuela… Victor del Arbol, escritor español, escribía en Facebook, su agradecimiento a la Sanidad pública en España, al revés, pero el tema era el mismo: humanidad, empatía con el enfermo desamparado y asustado. Honor a los servicios de salud de su país que a pesar de las dificultades se esmeran consolando, atendiendo con esmero. Gran contraste.

El martes, Gregorio, Goyo para quienes lo conocen, se cayó en su cuarto de baño. Eso fue como a las 2:00 p.m. Los familiares lo levantaron como pudieron y lo pusieron en su cama al mismo tiempo que llamaban al servicio de urgencias del Seguro.

La sobrina que desde hace algún tiempo se encarga de sus medicinas y de acompañarlo al médico salió de su trabajo para esperar la llegada de la ambulancia y presentar todos sus documentos de asegurado en el hospital. Ella tenía el carnet de asegurado en su cartera. Le habían notificado de que no había ambulancia libre pero que en cuanto se liberara alguna, la enviarían a Veracruz por el accidentado. Cual no sería su sorpresa, al llegar al seguro,  y ver la linea de ambulancias estacionadas. Se acercó para preguntar y así se enteró de que no tenían camillas. ¡Habían traído pacientes al seguro y no les devolvían las camillas pues no había donde poner a los pacientes! Sin camillas de “repuesto”, las ambulancias se ven en la imposibilidad de rendir el servicio. ¡A esperar respirando profundo!

Finalmente, llamando al 911, el SUME, excelente, llegó como a las 7:00 p.m. a Veracruz y lo trasladó a urgencias del Seguro Social en Transísmica. Acoto que en Veracruz hay un Hospital del Seguro, en la misma calle de Goyo.

El accidentado es un adulto mayor que anda por sus 85 años o algo así. Como característica principal se puede decir que fue un hombre trabajador y lo sigue siendo a pesar de que el cuerpo ya no le obedece. Hasta ahora caminaba con dificultad pero conservaba cierto nivel de autonomía. También, el Goyo es sordo y mudo. De niño, a nadie se le ocurrió, por allá por Las Tablas donde se crió con la abuela, y en aquellos tiempos remotos, que podría haber una educación especial para ese niño que era especial como decimos ahora. Eufemismo.

Aprendió a leer. Colándose en la escuela con los hermanos mayores, según cuentan ellos. Su gran pasión es la prensa. Compra todos los periódicos que se publican a diario en Panamá. Él solo sotiene toda la edición periodística de Panamá. Es el vicio que le queda… con la lotería. Cuando joven consultaba los pronósticos para las carreras de caballos. ¡Chinguero como él solo! Se entera de todo lo que pasa en el mundo y se lo puede comentar a quienes entienden su lenguaje. Un lenguaje inventado por él y que sus allegados y familiares conocen y le permite comunicar. Nunca tuvo reales problemas de comunicación con la gente, ni en su trabajo. Salvo una vez… con un jefe nuevo.

Ahora está viejo, se ha quebrado algo, entre la cadera y el muslo. Aún no saben bien. Y lleva dos día en una camilla, en una especie de pasillo con una puerta enfrente. Ahora ya no es un niño especial. Ni un joven que a pesar de sus defectos muchos admiraron por su voluntad en el trabajo y capacidad de aprendizaje. Ahora es un viejo impertinente que no tiene la capacidad de comunicar con su entorno. ¿Quizás esté chocheando, perdiendo la cabeza o es la desesperación de no poder comunicar? No tiene otra familia que los sobrinos. Hoy, lo encontraron amarrado “porque quería bajarse de la camilla para irse” y porque “se puso violento con el personal”. Los familiares intentan convencerse de que es por su seguridad.

Así muchos panameños se quedan callados. ¿Qué más les queda? Esperan que todo saldrá bien. Desesperados, a veces… e impotentes.

Continuará (probablemente)

 

Sigolène

IMG_5238J’ai bien fait d’aller aux “Mots Doubs”. J’ai eu la chance de la rencontrer. Sans cette mission qui m’est échue, je n’aurais pas eu cette chance. Je serais même passée à côté sans la voir, sans savoir que c’était elle. Je ne suis pas du genre fan. Je n’ai jamais été abonnée, même à l’adolescence boutonneuse, à un chanteur, un écrivain, une personnalité publique. En général, je reste au loin – probablement par timidité – bien consciente de la difficulté d’écrire et de la fragilité de l’art.

Mais cette fois, c’était particulier. L’année avait mal commencé pour des gens dont j’aimais lire les écrits et dont les créations, parfois féroces et dérangeantes, parfois tendres et poétiques m’ont souvent secoué, fait réfléchir. Il me fallait profiter de la présence de Sigolène. Elle les représentait tous et ne représentant qu’elle-même.

Une jeune femme fragile, de cette génération d’enfants qui ont eu des parents généreux et pour qui la richesse est ailleurs que dans l’argent. Une de ces jeunes femmes qui ne sont pas là pour la parade, portée par une richesse intérieure, une sensibilité, la poésie et l’art. En parcourant le programme du salon, j’ai vu son nom. Est-elle là ? – ai-je demandé -.

À part ses petites chroniques judiciaires lues en passant dans le Charlie, je ne connaissais rien d’elle. C’est fait pour ça, les salons. J’y découvre régulièrement des auteurs qui m’attrapent aux tripes, soulèvent des émotions, qui m’attendrissent…

Sigolène était là, à sa place. Elle venait de signer un livre à quelqu’un et s’est retournée pour parler à une dame qui se trouvait derrière elle. Son agent ? Une librairie ? Une garde du corps ? C’était dans le stand de cette nouvelle libraire que nous attendons avec impatience depuis des mois et dont les travaux dans les locaux restaurés n’en finissent pas. Finiront-ils un jour ? A mon dernier passage, la palissade autour commençait à tomber. Je la trouverai, sûrement, en rentrant. Une nouvelle librairie au Centre-Ville à la place du cinéma Plazza, fermé depuis des années.

Je parlais de Sigolène. Elle ne m’avait pas vue.  Lorsqu’elle s’est enfin retournée, son émotion était forte. Elle n’a pas pu, devant moi, une inconnue qui attendait un peu de son attention, retenir un flot de larmes. Comme un enfant perdu. La distance s’est rompu. Nous étions deux femmes, solidaires et l’admiration pour l’écrivaine-journaliste-juriste, est devenue de l’amitié, de la tendresse pour cette jeune femme qui se bat contre les démons. J’ai eu le privilège de partager ce moment mystérieux où l’émotion l’emporte sur les convenances. J’ai eu deux belles dédicaces qui parlent de voyages et d’amitié.

J’ai lu d’un trait J’ai déserté le pays de l’enfance  c’est Sigolène, une jeune femme, avocate qui croit, en la Justice mais le monde, la nécessité de gagner sa vie, la connerie des hommes, la folie douce (ou pas) n’en font qu’à leur tête. Peut-on admettre de “défendre” ceux qui spolient le travailleur? C’est pourtant, malgré tout, son métier. Défendre les intérêts d’un client qui n’est pas forcément celui qu’elle voudrait défendre. Mais pourquoi ce con d’andouille d’adversaire n’utilise pas les éléments de défense qu’elle lui file en douce pour l’aider et qui pourraient faire pencher la balance à son avantage ? Elle perdrait ce procès qu’elle en serait bien contente, mais non ! Monsieur Machin est trop con pour se servir des clés qu’elle lui donne. L’angoisse de voir tomber le verdict à son avantage produit des ravages dans un esprit sensible… Quelle est la distance entre la folie et la sagesse ? Le retour au Paradis de l’enfance aura, peut-être des effets bénéfiques.

Là-bas, au loin, Djibouti, la Corne de l’Afrique l’attend pour apporter, peut-être, quelques réponses. Renouer avec l’enfance peut-il soigner les maladies de l’âme ? Fragile, toujours en équilibre sur un fil, la quête d’identité… prête à tomber… L’enfant devenue femme retrouvera à Djibouti ce qu’elle croit avoir perdu ? C’est une quête. Sera-t-elle acceptée dans son Paradis perdu ? Retrouvera-t-elle la trace de ses pas d’enfant? Écrit à la première personne, entre roman et auto biograhie elle fait ressentir la chaleur et la sécheresse du climat, l’odeur du sable et de la mer,  les voix des personnages, amis retrouvés… Le regard, comme l’écriture révèlent une personnalité de poétesse, un sensibilité à fleur de peau aux prises avec un monde cruel où dominent les intérêts du plus fort.

J’ai terminé de lire Courir après les ombres dans l’avion qui me ramenait vers mon enfance. La dédicace à Bernard Maris, Oncle Bernard, est significative.

On se retrouve avec Paul Deville, dans cette même Corne de l’Afrique qui est si chère à l’écrivaine. Paul est économiste, comme son père François qui, un jour, a finit par renoncer. C’est encore cette Corne de l’Afrique, le Golfe d’Aden, Djibouti… l’espace où le pillage des ressources par les grandes puissances s’organise. Paul croit qu’il faut créer un nouvel ordre mondial en travaillant pour la Chine et négocie de nouveaux marchés sur les ressources au profit des chinois tout en recherchant les poèmes jamais écrits d’Arthur Rimbaud.  Son travail est motivé par la chute du système capitaliste occidental mais le pillage des ressources des pays pauvres et de ses gens est de plus en plus flagrant. Paul Deville, finit, lui aussi, par renoncer comme son père. Où était la folie ? Avant, lorsqu’il présentait comme un professionnel compétent ? Maintenant, dans son renoncement ? De beaux personnages entourent Paul : la petite fille, qui va chercher le poisson sur sa barque venue d’un autre malheur ; le berger qui participe aux recherches des poèmes jamais écrits du Rimbaud trafiquant d’armes et qui semble être le même berger-fonctionnaire de J’ai déserté le pays de l’enfance ; le chamelier nomade qui choisit d’émigrer abandonnant son troupeau à son cousin berger… C’est encore le voyage et le pays de l’enfance le thème central.

Deux beaux romans qui se lisent avec plaisir et qui nous laissent cette saveur amère des idéaux trahis ou perdus, des questions sur la réalité et le rêve, sur la sagesse et la folie. A lire.

Mientras amanece

Todo está oscuro. El amanecer se hace esperar pero ya, los pocos gallos del vecindario lo anuncian al igual que los primeros autos de los trabajadores que van lejos o empiezan temprano. No soy madrugadora pero llegué anoche y el cerebro anda desconcertado que aún no sabe en qué horario vivir. Cree que son más de las doce y me ha tirado de la cama.

Se despertaron los gallos de los vecinos a mi derecha. Uno con voz ronca, un barítono fumador. El otro le contesta en la octava superior. Tenor, casi haute-contre.

Por la habitación se cuela la brisa de la madrugada. Fresca, agradable, de allá del cerro. Ya los primeros buses empezaron a dar la vuelta. Cambio de sitio. Me voy a la sala y pongo la laptop en el escritorio vacío de la PC familiar. Aquí hay menos brisa. El muro con que cercaron este lado de la casa impide la brisa. Ella se va recto unos diez metros más allá, directo a la terraza de mi hermano. Habrá que hacerle respiradero… Cuando se hizo, se pensó en la “seguridad” de la familia. Se hablaba de guerras entre pandillas en el pueblo.

Sí. A pesar de lo que ha crecido, sigue siendo un pueblo. Ya no hay pescadores… y agricultores, menos. La gente trabaja en la ciudad que está a un tiro de piedra pasando el puente de las Américas. Puente que ya debe de estar empezando a trancarse a la hora que es. Antes del amanecer.

Aún no clarea. Pasa un bus con sonido de avión despegando en el aeropuerto internacional de Tocumen PTY. Las dos matas de plátano duermen sin mover una hoja.

Ya el cielo está clareando. Estoy mirando hacia el norte, noroeste. El sol sale en la Bahía, por el Pacífico. Durante muchos años de mi infancia, tuve las nociones de geografía algo enredadas. ¿Cómo es que el sol sale por el este si en mi casa yo lo veo salir del mar? Y ese mar… ¡es el mar del Sur! Entonces, en mi casa, el sol sale por el Mar del Sur y se va por Cabra que debe de estar al norte, más que al oeste.

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Como siempre. La aurora no te da tiempo. Era de noche y de pronto fue de día. Como el crepúsculo. Hay que merecerlo. No distraerte en otra cosa. Mantener tus ojos y todos tus sentidos pendientes del momento en que pasamos de la total oscuridad a la claridad del día. Tenía que haberme subido al cerro para esperar la llegada de la luz. O irme a la playa. Cuando era pequeña, no había todas esas construcciones y casas alrededor. Se veía salir el astro en la bahía.

Los gallos a mi derecha no han cesado de celebrarlo. Los de la izquierda parece que se han vuelto a dormir. ¿Tendrá esto algún significado en política?

Un millón de gotas – Toutes les vagues de l’Océan

Acabo de terminar de leer Un millón de gotas de Víctor del Árbol, uno de los invitados en literatura extranjera al salón del libro de Besançon, “Les mots Doubs”. El salón me lleva (o me obliga) a leer autores que espontáneamete nunca hubiera elegido en una librería, sin conocerlo, con esa etiqueta de “Novela negra”. Cada año no me arrepiento y éste menos que los anteriores.

Un millón de gotas es una escritura de infarto que corre por todo el siglo XX y viene a escorar en el XXI. No en orden, con cronología de antes a después. El presente y el pasado se cruzan, se enredan y desenredan para acabar construyendo un relato con muchas entradas. Es como un rompecabezas, o como la imagen novelesca de la Matriochka, ese juego de muñecas rusas que tanto me encantó cuando era niña.

Elías Gil, es un joven ingeniero comunista, hijo de un minero de quien había heredado la ilusión de mejores días con la Revolución Bolchevique. Joven, brillante, luchador que poco a poco la Historia va moldeando. Vamos viviendo con Elías desde 1933 las purgas y las exportaciones estalinistas, el GULAG y sus horrores, el amor y sus dolores, la huída y la lucha de una fiera herida dispuesta a defender su vida a cualquier precio. Pero… ¿es solo eso?

La Guerra civil y la Segunda Guerra mundial vienen a completar esta epopeya de un Cid Campeador que poco a poco va apareciendo ante nuestros ojos horrorizados por debajo de su armadura de ideales. Las componendas, los crímenes, las cobardías… la condición humana enfín. Las ilusiones perdidas sin confesar.

Paralelamente, en el relato que va de presente a pasado y vice versa, vemos que la vida de sus herederos se ve afectada por lo que fue el padre. A Gonzalo, abogado sin mucho brillo y poco dado a la vida complicada, le toca desenmarañar la historia familiar. El secreto tan bien guardado por su madre Esperanza, alias Katerina. Secreto ya, en parte, desvelado por Laura, la hermana mayor. Laura quiere creer en la justicia, en que se puede hacer un mundo mejor pero como Don Quijote se va a batir con las aspas del molino hasta la destrucción. Laura es la única sin componendas y cuya fe tendrá efectos, mal que bien, en otros personajes.

Un millón de gotas es la obra sobre la importancia fundadora de la infancia. Anna, Laura, Siaka, Gonzalo y más que todo Igor… son ejemplo de ello.

Las mafias rusas, la corrupción internacional, los tráficos de todo tipo completan un cuadro sombrío del mundo que nos rodea. ¿Puede el capitalismo ser otra cosa que corrupción? ¿El mundo es solo apariencias? ¿Los hijos podemos juzgar a los padres? …. Acaba uno preguntándose.

Puede que sea una novela “negra”. No soy muy aficionada al género. Es ante todo una novela que nos pasea por la historia y la literatura del siglo XX al XXI. Que nos habla del Hombre, esa bestia que se irguió y se puso ropa y que según las condiciones históricas que le toca vivir puede volver a su estado inicial: depredador o presa. Hay que elegir.

Nunca he querido creer en el destino. El “fatum” de la tragedia griega. Siempre he querido pensar que cada uno se labra su propia vida. Cada uno de nuestros actos son portadores de consecuencias para mejor o para peor. Al terminar de leer una duda ha germinado en mi mente. ¿Será que existe el destino? ¿La fatalidad? ¿Será que los hechos del pasado y de los antepasados deben recaer inexorablemente sobre los hijos? Escaparán los descendientes de Gonzalo del sino que se cirnió sobre sus antepasados?

Víctor del Árbol en su epílogo nos saca de la manga una coquetería muy Cervantina metiéndose como autor y ya no solo como narrador en este relato que no me ha dejado otra opción que volver a mi blog para ver si mis amigos corren a buscarlo en librería. Excelente referencia.

Durante toda la lectura no pude dejar de pensar en las atrocidades que el mundo ha conocido desde que tengo uso de razón. En que los refugiados de hoy son idénticos a los de antaño. En que los niños abandonados que cruzan fronteras sin la protección de un adulto o se ahogan en una playa turca no son más que la repetición, como una maldición de lo que ya se ha visto en la historia de la Humanidad, siempre con los lobos como Igor Stern, dispuestos a abalanzarse sobre ellos para despojarlos o comérselos… enriquecerse y adquirir poder a costa de ellos.

También se me ocurrió, que antes de morir “pour ne pas mourir idiote” tengo que leer a Dostoieski, Pouchkine, Tolstoï, Tchekov… que mi manía de no querer leer traducciones me ha vedado como tantos otros grandes autores de idiomas que no sé leer. Pero ya no me queda tiempo para aprender ruso.

“Un Millón de gotas”, la frase optimista de Laura se convirtió en francés en “Toutes les vagues de l’Océan” (art. de Libération pero hay muchos más). Sin embargo, la imagen de la gota que poco a poco va oradando una piedra, que va formando ríos cuando otras gotas se unen y que esos ríos van a hacer el mar, el océano… no es la ola de la playa. El océano no es más que miles de millones de gotas. Miles de millones de voluntades dispuestas a luchar por un mundo mejor. El título es bonito pero no es de Laura.

Escuché a un crítico francés hablar de “chef d’oeuvre”. Oui. Je crois.