El agua y la vida

Agua

La Mesa de San Martin, 2014.

La vida es como el agua clara que corre entre las manos y se escapa y una vez que pasó no vuelve. ¿No vuelve? A veces sí. Si tienes la capacidad de guardar en ti el tesoro de la infancia. La dicha de haber crecido en el paraíso de la inocencia. A pesar de haber entendido lo que lleva de imaginación y que la realidad es otra, siempre queda en el fondo ese rescoldo que te hace feliz con las cosas simples y nada más. La aptitud a la felicidad se adquiere en la infancia.

Quería aprender a nadar en crol, en serio. De niña lo había intentado mirando a los que parecían hacerlo pero sin ninguna técnica. De adulta, siempre lo he querido hacer pero tengo la clara conciencia de que no sé hacerlo. Hay una técnica que aprender. La idea es estirar el cuerpo. Fortalecer músculos, sin pretender más de lo que a estas alturas se pueda hacer. Estirar. No encogerse. Para ello me matriculé en una nueva piscina cerca de mi casa. No es que sea tan nueva, pero la han agrandado, mejorado y ahora reciben públicos diversos. Antes solo recibían personas con necesidades especiales. Todos tenemos necesidades especiales.

Me presenté el lunes para la primera lección. Una horita cada día, durante una semana.

Amo el agua pero nunca he sido muy aficionada a las piscinas. Ésta tiene algo muy particular. Está a una temperatura que me hizo sentirme en el trópico y volví a la infancia…

Veracruz

Playa del Tamarindo, 1964

¿Fue la temperatura del agua? Me acordé de mí,  aprendiendo a nadar en la playa de Veracruz, en el Tamarindo. Más allá, en la parte que era de los gringos, había letreros que decían, en inglés: prohibido nadar, tiburones. Ahora, allí es que está lo que la gente conoce como la playa de Veracruz.

Ya nadie se acuerda de cómo era este lado de la playa pegada al pueblo, al final del palmar. Porque había un palmar que cubría toda la orilla de la playa, lo que ahora llaman “Costa del Sol”. Los que la conocieron ya casi todos están muertos. Los que allí vivimos nuestra infancia ahora somos abuelos y bisabuelos.

Me sorprendí contándole al maestro de natación, un chico que debe de tener la edad de mis hijos,  por qué en el manglar no me gustaba poner el pie en el fondo y cómo nadábamos entre los árboles, siempre seguros de que si nos cansábamos teníamos una rama al alcance de la mano para descansar y seguir. Nadábamos como perritos, pero éramos felices en el agua.

Allí podíamos nadar  y jugar sin peligro. Las olas del Pacífico se rompían allá afuera y entraban con suavidad entre los mangles en ondas sucesivas. En el fondo y alrededor nuestro, mucha vida. Pero como decía Fefa, ahí no entraba bicho grande y teníamos sombra. Abuela sabia. Años después, por los 80, creo, a un bruto se le ocurrió arrasar con el manglar. Para dejar la playa limpia. Eso era desarrollo. Un gran proyecto turístico debía realizarse en ese espacio de terreno. El palmar también desapareció. Era una playa hermosa de arena blanca. Ahora, por ese lado es solo piedra y… ¡mejor no sigo..! Hace unos meses, pregunté si no había un lava auto en Veracruz. Me sorprendió mucho que me dijeran “Sí, por ahí por el Palmar, hay uno”. Aún se conservan los nombres.

El martes, el maestro me preguntó si me zambullía.

¡Ay, por Dios! ¿Cómo se le ocurre! Yo llevo más de cuarenta años que ni lo intento.

Bueno, entonces, ¿puede intentar saltar al agua?

¿Como los chiquillos?

La Mesa de San Martin, 2014

La Mesa de San Martin, 2014

Sí. Así mismo. Como los chiquillos.

Hum…

Para saltar había que ir al charco del Macho. No es que fuera tan grande, pero tenía profundidad, aún en verano. Se saltaba desde la orilla… o desde la piedra. Me acordé de Darío, mi hermanito trepándose a aquella piedra que yo veía tan alta. Era la primera vez. ¿Cuántos años tendría? Ocho, quizás nueve. Escaló la piedra. Vertical. Los otros chicos del pueblo lo hacían con destreza. Nosotros sólo íbamos de vacaciones. Yo estaba aterrada… ¿Y si le pasaba algo? ¿Y si se caía? Yo era la mayor, yo era responsable. Si él tenía nueve, yo, once. ¡Vaya responsable! Cuando llegó a la cima de su roca y miró, le vi el susto en la cara. Si hubiera habido una escalera, de seguro se habría bajado por ella.  Pero no. La única manera de bajarse de allí era tirándose como los demás chiquillos. Había que asumir. Se tiró. El charco le recibió con alegría. Siempre hemos sabido asumir nuestras responsabilidades. No recuerdo que volviera a subir. Al menos, no aquel verano.

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Veracruz. Subiendo a Cabra, agosto de 1974.

Hace mucho tiempo que no he ido por ahí. La última vez que intenté una caminata para subir aquella loma no reconocí nada. Por la misma época en que destruyeron el manglar y el palmar, también destruyeron los hermosos árboles que protegían la corriente de agua. Ahora hay construcciones hasta por encima de lo que fue el cauce de la quebrada. ¿Qué queda del charco? Intentaré organizar una expedición con mis hermanos y el amigo Víctor que era nuestro guía en aquellos tiempos.

¿Saltar al agua? ¿A mis años? ¿Este pelao se querrá burlar de mí?

Pero las ganas intentarlo fueron mayores que mis escrúpulos y miedo al ridículo. Y salté. Y desde el miércoles me zambullí sin una sola quemada, penetrando nítidamente en el agua. ¡Sensación de adolescencia! Recordé la piscina del IJA… Donde no aprendí a nadar pues el profe estaba ocupado con los que sabían y eran del equipo de natación o del water polo. Con lo que sabía, ya me bastaba para no ahogarme. Vine a aprender el “pecho” hace unos 15 años, en sesiones que mi universidad organizaba para el personal.

El Doubs y afluente

El Doubs y afluente, 2016.

Hoy fue mi último día de entrenamiento “intensivo”. También es el día de la Tierra. Ninguna piscina remplazará nunca el placer de nadar en agua viva y clara. Esa agua que estamos destruyendo, contaminando. Muchos no entienden aún la riqueza que eso representa. Solo cuando ya no nos quede, como en ciertas partes del mundo, un solo río donde nadar o chapotear, un solo mar no envenenado, entonces nos daremos cuenta de que hemos matado a la gallina que daba los huevos de oro de la felicidad.

El Crol, aún no lo domino por completo, pero las bases están. ¿Pecho y espalda? Sin problema. ¡Lista para las olimpiadas! Pero sobre todo, una hora de felicidad en el agua tibia que cada día me hizo revivir recuerdos que no sabía que estaban allí con sus raíces profundas en mí. Patria son tantas cosas bellas, dice nuestro poeta. Patria es, sobre todo, los recuerdos de infancia. Demos a nuestros hijos y nietos bonitos recuerdos y serán hombres y mujeres de bien.

Censurada

El palmar. 1956? (Censurada)

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